YULIN, FESTIVAL DE LA CARNE DE PERRO

Actualizado: 27 de abr de 2018

- Para los mexicanos es normal comerse una vaca, pero aterrador cocinar a un perro como lo hacen en China.

Por Arturo Cruz

@ElCroqueton


La comida no solo alimenta nuestros cuerpos, también alimenta nuestra alma y en muchos casos, enriquece a los países. Y claro está que en cada país y región tienen sus costumbres, sus métodos de elaboración y sus propios sabores. Aromas particulares definen a cada nación.


Así como para los habitantes de México la comida hindú podría parecer demasiado condimentada, para los hindúes sería reprobable comerse una vaca; es más, para ellos son sagradas.


Nosotros, los mexicanos, tampoco vemos con buenos ojos el comerse un canguro o un alce, pero tanto en Australia como en países nórdicos, respectivamente, es un ingrediente común.


Pero quizás las costumbres orientales son las más repudiadas en el mundo, las de China para más exactitud. Los chinos son conocidos por comer víboras matadas al momento en tu mesa después de elegirla de un cesto, o por asar ratas en plena calle, como en un puesto de carnitas de cerdo en México. En China rompen con todo estereotipo y nos hacen ver el mejor ejemplo de la palabra especismo.


El especismo define el valor que le damos a cierto animal con relación a las características que le atribuimos. Es pocas palabras: querer a unos y a otros no. Lo que es innegable es que a lo largo de miles de años hay animales que nos han acompañado y cuyas conductas han sido modificadas al grado de convertirse en nuestros mejores amigos.


Los gatos, por ejemplo, con su sigiloso caminar y su cautelosa forma de actuar, nos han arrancado miles de sonrisas y cautivado con su ronroneo, no nos ha importado ser víctimas de cientos de rasguños porque los excusamos diciendo que son de cariño.


Hay quien tiene un canario o un cotorrito, a quienes cuidan día a día, y obvio no considerarían comérselo… pero sí a un pollo, aunque son prácticamente lo mismo.


Algunos más exóticos tienen cuyos o hurones, animales que en realidad no interactúan tanto con los humanos, pero aun así los quieren, les cambian el aserrín y compran granos para alimentarlos. Tampoco se los comerían, pero sí se comen un mixiote de conejo, aunque también son roedores y mamíferos, casi iguales.


Quizás pocos se comerían un taco de venado porque les recordaría a Bambi. Un filete de jaguar se les haría imperdonable, o un cóctel de cola de cocodrilo, pero quizás usan carteras hechas con su piel.


Sí, tal vez muchos digan que somos parte de una cadena evolutiva, pero parecería en muchos casos que precisamente hacemos lo contrario. No evolucionar. Se excusan en que supuestamente “necesitamos proteínas para poder vivir y que solo las obtenemos de los animales”. Pero cada vez más estudios científicos echan abajo esta idea.


Pero regresando a lo que solo algunos llamarían excentricidades de los chinos. Dentro de su menú de ratas y víboras existe también un ingrediente, al menos para mí, aterrador: los perros. Los perros han sido el único animal que por cuenta propia ha evolucionado y se ha adaptado a vivir junto al hombre, ha demostrado su lealtad, su entrega y su amor en millones de formas.


Los perros cada día nos sorprenden más por valores que los definen y por carecer de todos los defectos que nos marcan como raza humana. A través de los años, hombre y perro han creado un vínculo emocional que les ha ganado el término de seres sintientes y de un miembro más de la familia.


A una boa constrictor jamás le podrás enseñar a que te traiga la pelota, o que te acerque el periódico o tus pantuflas. Por eso no se logra crear un vínculo emocional. Además de que es ilegal tener fauna silvestre.


El 21 de junio de cada año se realiza en Yulin, una provincia de China, el “festival de la carne de perro”, y también de gato, aunque en menor proporción.


Yulin, con cerca de seis millones de habitantes, sonríe y festeja en bacanales, donde más de 10 mil perros mueren cada año ante su peculiar celebración. En esa alejada provincia, rica en recursos naturales y altamente propicia para la agricultura, están sin lugar a duda menos evolucionados que en culturas occidentales.


Muy triste imaginar las dantescas imágenes de perros siendo hervidos y después engullidos por lo que parecerían antropófagos. Es más horrible saber que no lo hacen por falta de recursos, pues son poseedores de grandes riquezas minerales y turísticas.


Su nula empatía hacia los animales, su falta de tacto con los sentimientos de una especie que solo sabe dar amor, la cerrazón de una cultura milenaria hacia una evolución más compasiva los tiene ahora en la mira.


Las redes sociales y la velocidad con la que viaja la información han puesto a Yulin y su fatídico declive espiritual en el centro del huracán. Cada día son más las organizaciones que luchan por detener esa barbarie. Miles de personalidades se unen para recolectar firmas y tratar que en Yulin abran ojos y corazón y detengan esas carnicerías de inocentes.


Afortunadamente, con alegría veo que cada vez son más personas las que empiezan a voltear a ver toda vida como indispensable, como parte de un ecosistema en donde todos deberíamos vivir en armonía. Me reconforta saber que cada día salen a la luz más estudios que demuestran que la industria cárnica hace más daño que lo que beneficia.


Cada año más personas estudian y aprenden que se gastan más recursos hidrológicos, por poner un ejemplo, para producir la carne de una sola hamburguesa que el equivalente para un huerto de toda una semana.


¿No sería hora ya de verlo desde una perspectiva de igualdad, de empatía… de respeto? Verlo desde un ángulo inclusive de conservación del planeta. El respeto a todo tipo de vida nos marcará como la generación que en realidad hizo algo por el futuro de quienes habitarán en él.


¿La riqueza de la gastronomía de cada país debería o no considerar lo anterior? ¿El color y los aromas de cada platillo alrededor del mundo deberían o no estar libres de crueldad?


Ya que tenemos las formas, la información y podemos acceder a los medios de una alimentación más sana y sustentable, deberíamos abrir nuestras conciencias y formas de pensar y evolucionar en el tema del especismo, ya que todos los animales sienten lo mismo sin distinción. Deberíamos dejar de ver a ciertas especies como animales de consumo, como cosas, como objetos o pertenencias insensibles a dolor y factores externos.


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